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18 Febrero 2010
Queridos hermanos y hermanas:聽 Cada a帽o, con ocasi贸n de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisi贸n de nuestra vida a la luz de las ense帽anzas evang茅licas. Este a帽o quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmaci贸n paulina: La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo.
Justicia: "dare cuique suum"
Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra "justicia", que en el lenguaje com煤n implica "dar a cada uno lo suyo" - "dare cuique suum", seg煤n la famosa expresi贸n de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta cl谩sica definici贸n no aclara en realidad en qu茅 consiste "lo suyo" que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene m谩s necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo m谩s 铆ntimo que se le puede conceder s贸lo gratuitamente: podr铆amos decir que el hombre vive del amor que s贸lo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son 煤tiles y necesarios (es m谩s, Jes煤s mismo se preocup贸 de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo segu铆a y sin duda condena la indiferencia que tambi茅n hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia "distributiva" no proporciona al ser humano todo "lo suyo" que le corresponde. Este, adem谩s del pan y m谩s que el pan, necesita a Dios. Observa san Agust铆n: si "la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios".
驴De d贸nde viene la injusticia?
El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jes煤s, que se sit煤an en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: "Nada hay fuera del hombre que, entrando en 茅l, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del coraz贸n de los hombres, salen las intenciones malas" (Mc 7,15. 20-21). M谩s all谩 de la cuesti贸n inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacci贸n de los fariseos una tentaci贸n permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideolog铆as modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene "de fuera", para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en pr谩ctica. Esta manera de pensar 颅advierte Jes煤s颅 es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene ra铆ces exclusivamente externas; tiene su origen en el coraz贸n humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: "Mira, en la culpa nac铆, pecador me concibi贸 mi madre" (Sal 51,7). S铆, el hombre es fr谩gil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comuni贸n con el pr贸jimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de s铆 una extra帽a fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en s铆 mismo, a imponerse por encima de los dem谩s y contra ellos: es el ego铆smo, consecuencia de la culpa original. Ad谩n y Eva, seducidos por la mentira de Satan谩s, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la l贸gica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competici贸n; la l贸gica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la l贸gica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta, experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. 驴C贸mo puede el hombre librarse de este impulso ego铆sta y abrirse al amor?
Justicia y Sedaqad
En el coraz贸n de la sabidur铆a de Israel encontramos un v铆nculo profundo entre la fe en el Dios que "levanta del polvo al desvalido" (Sal 113,7) y la justicia para con el pr贸jimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptaci贸n plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el pr贸jimo, en especial con el pobre, el forastero, el hu茅rfano y la viuda. Pero los dos significados est谩n relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Mois茅s, en el monte Sina铆, suceda despu茅s del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en "escuchar el clamor" de su pueblo y "ha bajado para librarle de la mano de los egipcios" (cf. Ex 3,8). Dios est谩 atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre, el forastero, el esclavo. Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusi贸n de autosuficiencia, del profundo estado de cerraz贸n, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un "茅xodo" m谩s profundo que el que Dios obr贸 con Mois茅s, una liberaci贸n del coraz贸n, que la palabra de la Ley, por s铆 sola, no tiene el poder de realizar. 驴Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?
Cristo, justicia de Dios
El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Ap贸stol Pablo en la Carta a los Romanos: "Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y est谩n privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redenci贸n realizada en Cristo Jes煤s, a quien exhibi贸 Dios como instrumento de propiciaci贸n por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).
驴Cu谩l es, pues, la justicia de Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a s铆 mismo y a los dem谩s. El hecho de que la "propiciaci贸n" tenga lugar en la "sangre" de Jes煤s significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en s铆 mismo la "maldici贸n" que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la "bendici贸n" que corresponde a Dios. Pero esto suscita en seguida una objeci贸n: 驴qu茅 justicia existe d贸nde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendici贸n que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de "lo suyo"? En realidad, aqu铆 se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser aut谩rquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente 茅l mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusi贸n de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los dem谩s y de Dios, exigencia de su perd贸n y de su amistad.
Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, c贸modo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo "m铆o", para darme gratuitamente lo "suyo". Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucarist铆a. Gracias a la acci贸n de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia "m谩s grande", que es la del amor, la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre m谩s deudor que acreedor, porque ha recibido m谩s de lo que pod铆a esperar.
Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formaci贸n de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir seg煤n su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este a帽o volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvaci贸n. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de aut茅ntica conversi贸n y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de coraz贸n la bendici贸n apost贸lica.
Benedicto XVI.



